lunes, 15 de febrero de 2010

El impacto de los “neo-cons” en la política exterior de Bush a partir del 11-S y su relación con la crisis hegemónica de los Estados Unidos.

A lo largo de la historia la palabra imperio aparece en el mapa geopolítico. Romanos, austro-húngaros o incluso otomanos, todos ellos sistemas políticos-económicos europeos totalizadores y totalizantes, capaces de conducir a naciones y pueblos hacia el bien de un interés general que trae consigo un interés particular claro y favorecedor para el imperio en cuestión.
También se han llevado a cabo, en ese mismo mapa geopolítico, campañas imperiales de reparto territorial. Tras el descubrimiento de América, sumidos en la dinámica de dominación y dependencia colonial, ingleses, portugueses, franceses y españoles, se dividían África y el Nuevo Mundo. Éstos eran territorios nuevos donde expandir sus relaciones comerciales, culturales y políticas, en definitiva, donde expandir su poder.
Sin embargo en el Siglo XX no encontramos una figura imperial destacable en Europa, ni en el resto del mundo. La Primera Guerra Mundial refuerza a Estados Unidos y a sus aliados en el panorama internacional, frente a una Europa devastada, los norteamericanos se configuraban como una gran potencia mundial. Tras la Segunda Guerra Mundial, se confirma el papel hegemónico de Estados Unidos dentro de la comunidad internacional, sin olvidar a La Unión Soviética como competidor directo por el poder global. Las guerras de Corea, Vietnam y la Guerra Fría le permiten a Estados Unidos extender su poder, hasta conformarse como la gran superpotencia hegemónica unipolar, tal y como defendían autores neorrealistas, Gilpin hablaba de afianzar la estabilidad económica a través de una fuerte potencia hegemónica que jugase en solitario. Eso lo consiguen con el debilitamiento de la Unión Soviética y la “victoria” tras la guerra Fría.
Sin embargo hasta entonces se evita a hablar,(a definir la situación en realidad) de imperialismo, ya que la gran superpotencia no ha hecho uso de su “derecho”, poder y capacidad de extensión de fronteras en el mundo, aunque sí ha extendido sus intereses y ha utilizado sus influencias y capacidades de presión para alcanzar sus intereses internacionales. Y es que si tomamos como referencia el concepto de imperio acuñado por Arrighi, quien define el imperialismo como: “ es una extensión o imposición del poder, autoridad o influencia de un Estado sobre otros Estados o pueblos sin Estado”. El imperialismo ha existido desde hace mucho, sin embargo su forma tradicional, implica la imposición y aumento de los límites geográficos del Estado imperial, sobre sus competidores u oponentes quienes no pueden hacer frente al despliegue bélico del imperio. Es quizá por ello que Harvey introduce el concepto de “imperialismo capitalista”, con el que intenta definir un imperio que en cuanto tal, se ocupa tanto de defender sus intereses y alcanzar objetivos planetarios gracias a su capacidad de diplomacia y política de poder, como a mantener los procesos de acumulación de capital espacio-temporales a escala global. Aún que contradictorias, estas dos dimensiones, irreductibles entre sí, explican por qué hasta la llegada de los neoconservadores de Bush y el catastrófico y oportuno ataque del 11 de septiembre no nos atrevíamos a hablar de Imperio.
Esta es la meta de los “neo-cons” de la administración Bush. El mantenimiento de la hegemonía y el poder, implica salvaguardar el malherido sistema económico nacional, agotando y endeudando, las reservas federales, y aumentando el capital y el beneficio, a través de la producción de espacios. Es fundamental para el capitalismo norteamericano producir espacios donde dar solución al capitalismo; en estos espacios logra deshacerse de la sobreproducción, a la par que crea producción capitalista que consume y solicita más producción por parte del país dominante. Por otra parte el clima interior de Estados Unidos no es el mejor, el individualismo impide “cohesionar” a la población para abanderar el proyecto neoconservador imperial.
Así el 11-S es el puente que permite a la administración Bush cruzar la frontera entre poder hegemónico y poder imperial. Con la invasión a Irak no sólo controlan un territorio clave de Asia central, a su vez, con el discurso del miedo (siempre tan efectivo) legitiman públicamente ante sus ciudadanos la puesta en marcha de la “guerra preventiva”, también controlan una zona fundamental en las relaciones económicas con Asia y supervisan desde cerca a Irán y Siria que son objetivos más suculentos, por otra parte se apoderan de un enclave estratégico en caso de tener que hacerle frente al eje Alemania-Francia-Rusia-China, que amenaza la hegemonía del hogar del tío Sam.
Lo que comenzó como un proyecto de mantenimiento de la hegemonía y expansión del poder imperio-capitalista de una vez por todas, con las quimeras del destino manifiesto y la promesa del Nuevo Siglo Americano, pasaba por asumir un liderazgo donde convergiesen aspectos distributivos y colectivos. Por un lado Estados Unidos ocuparía lo que antes era de otro, en detrimento de éste y por otra parte esa misma acción permitiría que sus aliados, en cooperación, aumentaran el poder sobre terceros, así la comunidad internacional podría apoyar el proyecto, sin embargo el fracaso se debe a la poca cooperación internacional, Estado Unidos no pretende “repartir” el botín, pretende quedárselo y con ello dominar a los demás. El dominio territorial sobre Irak, implica el dominio imperial sobre el resto de potencias.
Así Estados Unidos no sólo no consigue lo que busca, sino que sale debilitada del conflicto. La administración Bush perdió el control en territorio iraquí, las bajas de soldados comenzaron a poner en duda la operación entre la sociedad norteamericana, la falta de poder y la poca capacidad de desarrollo y producción de espacio, no saca a flote a la economía ni se deshace de toda la sobreproducción. La bandera de la democracia como ideal imperial pierde su color y así Europa y especialmente China, cobran poder económico y recuperan poder político en la escena internacional, la hegemonía se apaga, la crisis estalla y el pueblo americano tiene que decidir entre una mujer y un negro para intentar recuperar lo perdido con los neo-conservadores de Bush. Lo nunca visto.

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