Las masas sociales organizadas o al menos con capacidad para ello, se han compartimentado y subdividido en clases. Por encima de la industrialización y los procesos de creación del proletariado industrial, los distintos sistemas políticos han hecho estas divisiones. Los griegos tenían distintos tipos de clasificaciones de los hombres, gobernantes, guerreros, y el resto; o los romanos con la distinción entre populus y plebes, o el pueblo bajo y el alto del Medioevo.
Queda manifiesta la dinámica de separación social entre, los de arriba y los de abajo, norte y sur, el uno frente al otro, distinto de aquel y generalmente peor, ya se sabe, no hay hombre peor si no hay otro mejor. Sin embargo la revolución francesa realiza modificaciones en esta dinámica que traería consecuencias importantes, entre ellas la exclusión social (entendiendo como social toda la dimensión político-económica y sociológica) moderna. La libertad, hermandad y fraternidad francesas implica que aquellos que están o estaban abajo tienen o quieren tener ahora lo mismo o la mismas posibilidades de adquirirlo que el resto. Libertad, de mercado y de propiedad, hermandad, si somos hermanos podremos formar parte todos (en las mismas condiciones) de los beneficios del sistema actual, fraternidad, además participar en complicidad y “arrimando el hombro”. Esto evidentemente no es así.
Todos los beneficios del Estado de Bienestar están relacionados con estos valores. Bienestar. Hace referencia a la capacidad que tiene el Estado como miembro central de la vida económica del país, de proporcionar bienestar a sus habitantes. Estaremos bien, todos. Podremos comprar coches, pisos, casas de la playa, seguros, ropa, podremos viajar libremente por el continente. Podremos incluso trabajar. Aunque no todos por igual. Habrá quien trabaje mejor y quien lo haga peor, en términos económicos. Lo que repercutirá en su capacidad de “estar bien”, sin embargo la idea es que TODOS estemos bien. ¿Cómo podremos hacerlo? Pues aquellos que no lo logren se hipotecarán lo suficiente para lograrlo. Si usted no gana lo suficiente, pídale al banco. Lo que parece estar claro es que el coche, la casa y el piso de la playa te los vas a comprar, te alcance o no.
Todo esto se mantiene y respalda a través del sistema jurídico. España es un Estado social democrático de Derecho, lo que significa que obedece a un orden jurídico sólido donde el territorio, los ciudadanos (su vida misma desde el nacimiento, la nuda vida) esta salvaguardada y delimitada por la ley.
Ahora bien, en la dinámica de clases (arriba y abajo), no es comprensible que todos tengan las mismas posibilidades. Los lineamientos democráticos europeos hablan de oportunidades. Nos referimos aquí a posibilidades ya que las oportunidades son un concepto más amplio y ambiguo, que entra prácticamente en el mundo de las ideas. Hablamos de posibilidades por que entran en el plano de lo posible. El señor burgués hace tiempo que no puede hacer la vista gorda a las lacras sociales muriéndose en las esquinas, porque desde antes de la declaración de los derechos humanos que aquel que se muere es considerado un igual. Y esto se ido ampliando, ahora, en la sociedad global, no sólo el compatriota que se muere es un igual, resulta que aquel viejo esclavo de las Antillas, y los indígenas del amazonas son un igual. ¿Cómo es esto? Están obligados por ley a reconocerlos por igual en aquellos espacios donde dicha ley actúe. Por mucho que les duela a los falangistas, un banco español le dará un crédito igual de grande a uno de Valladolid que a otro de Cuzco (quizá se lo da con más ganas al de Cuzco quien posiblemente tarde el más en pagar). Y esto así no por deseo del banco, sino por las definiciones de Estado de Bienestar.
Pero, ¿Qué hay de los lugares donde la ley no llega?, ¿Cómo hacemos para tratar como igual, a quien allí donde nos encontramos no es, legalmente igual a nosotros? Si no hay Leviatán no hay hombres. Sólo lobos contra lobos. El Estado, a pesar que legitima la dinámica de clases, funciona como filtro para frenar los abusos de las fuerzas que ejercen los de arriba sobre los de abajo (aunque como “individuo” sea capaz de tomar esa actitud ante otros Estados menos poderosos). Cuando en ciertas zonas Latinoamérica la policía o alguna banda armada logra hacer “lo que le da gana” es porque la ley se lo permite, y cuando un país crea una cárcel y sin juicio ni evidencia mayor que la sospecha, encarcela a hombres y los somete a tortura es porque la ley se lo permite. Así lo hicieron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y así lo hacen los americanos en Guantánamo y los israelíes en Palestina.
Estos campos de concentración crean a su vez dos dinámicas. Primero se convierten en consumidores de los excedentes de producción del sistema que les gobierne, y por otra parte, que es más importante, crean una identidad de pueblo frente a quien le tortura. Cuando hablamos del pueblo judío no podemos dejar de pensar en la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día los palestinos, un pueblo desposeído de su tierra es pueblo. Los presos de Guantánamo forman todos parte de lo que sus captores llaman terroristas. Se crea así una clase (en términos marxista) frente a las otras clases, los otros pueblos “libres”. No somos iguales a los palestinos, ni a los judíos de mediados del siglo pasado, ni hablar de los presos.
El problema esta entonces que los campos de concentración son la solución moderna a los problemas de la Revolución Francesa. Hoy en día todo el 3er mundo es un enorme campo de concentración, donde los grandes Estados nacionales recogen los recursos que les interesa, (con la mayor impunidad legal), compran y venden los excedentes de su producción y disponen o deponen de sus ciudadanos según les convenga.
No es casualidad que americanos y alemanes hayan localizado sus campos fuera de sus fronteras. Los espacios deslegalizados no pueden configurarse dentro del Estado Nación, por eso las fábricas de Nike y Adidas están en Asia, no sólo porque es más barato producir allí, sino por que eliminan la igualdad de clases respecto a esto (quienes se convierten en los obreros del mundo, un pueblo) y además operan con las débiles leyes laborales de la zona. Han conseguido volver a la situación de principios del Siglo XVIII, el adinerado o aristócrata no conocía la situación de aquel que se moría, porque sencillamente no era nadie. Hoy en día quedamos exculpados de la situación de esas fábricas, de esos presos, de esos palestinos, puesto que no sabemos. Están allí, lejos, son otro pueblo, con otras leyes, o no leyes generalmente distintos a nosotros (lo que significa inferiores en términos de clases) y que nos horrorizan cuando nos enteramos de su situación. Pues estamos como el pueblo alemán en al segunda guerra mundial, la ignorancia no es un argumento. Los campos de concentración existen, por todo el mundo (salvo Occidente desarrollado) y de no producirse cambios en la organización política y de producción capitalista, poco a poco irán creciendo. Siguen los mismos presos, ayer en Auschwitz, hoy en Palestina, mañana en cualquier lugar de la periferia del capitalismo.


